Ensayo final Diplomado Tanatología Existencial en el Instituto Mexicano de Acompañamiento Existencial S.C. (2022-2023).
«La tierra sabe quién eres, aunque tú te encuentres perdida«
Robin Wall Kimmerer (2021)
A lo largo del diplomado nos codeamos con las lecturas de algunos autores que abordan el tema de la angustia. En mi vida cotidiana, he reconocido la angustia en mí como una sensación, como un conjunto de experiencias físicas y mentales. Sin embargo, nunca me había puesto pensar en ella conceptualmente y me generó curiosidad.
La angustia está asociada a la nada, ya sea el estar frente a la nada (Mèlich, 2014), ya sea como medio de acceso a la nada (Levinas, 1991). También, la angustia está asociada a la relación que tenemos con el mundo: Moran (2011) escribe que “la angustia nos revela cierta falta de hogar —no nos sentimos como en casa en el mundo, el mundo se nos enfrenta como algo raro, o «inhóspito» (el alemán para «inhóspito» es unheimlich, que significa algo no familiar, no-de-casa)». Y finalmente hay un fuerte vínculo entre el ser y la angustia: Levinas (1991) dice que “[l]a existencia era descrita, en la época, como la desesperanza de la soledad o como el aislamiento en la angustia” y Loera (2021) al escribir sobre Heidegger dice que “[l]a angustia nos arroja a la “existencia autentica” del Dasein en tanto que exige una apropiación de nuestro existir” y que “es una posibilidad para cuestionar y visibilizar la forma en que vivimos y nos relacionamos.”
El mundo, el ser y la nada están unidos en la angustia.
En este ensayo quisiera merodear estos conceptos situándolos en el territorio, buscando generar reflexiones situadas y no ocupar “la mirada conquistadora desde ninguna parte” de la que habla Donna Haraway (1995).
El territorio de nuestro mundo es el planeta Tierra.
El territorio donde escribo se encuentra en el Bajío mexicano, a las afueras de la ciudad industrial de León, Guanajuato. Me encuentro rodeada de un jardín que empezó a acogernos a mí y a mi compañero desde el inicio de la pandemia. El jardín está delimitado en parte por mezquites, que son leguminosas de madera dura, cuyo sistema de raíces en búsqueda de los mantos freáticos puede alcanzar 60 m de profundidad. Su suelo es de tipo arcilloso lo que lo hace muy poco permeable, entonces en la temporada lluviosa el agua tiende a anegarse. Vivir en este territorio, prestando atención al jardín nos ha transformado.
El planeta Tierra se formó hace 4 mil 500 millones de años y las investigaciones indican que la vida en él tiene al menos 3 mil 770 millones de años (Dodd et al., 2017). Desde entonces, la atmósfera ha cambiado. Al inicio la atmósfera de la Tierra no tenía casi oxígeno y fue la actividad fotosintética de unos microorganismos hace aproximadamente 2 mil 450 millones de años que provocó que la concentración de oxígeno atmosférico aumentara (Catling, 2015). Estos microorganismos construyeron un mundo nuevo.
En este mundo nuevo, oxigénico, proliferaron y se diversificaron los organismos para quienes respirar tiene sentido, como nosotros, los seres humanos. Nuestra respiración se vincula con varios procesos fisiológicos, como el latido cardiaco y por ende la presión sanguínea 1, y también con otros culturales como es el hablar (MacLarnon & Hewitt, 1999). La respiración, el ritmo cardiaco, la presión sanguínea el hablar, entre muchos otros procesos están vinculados históricamente con la actividad fotosintética de unos microorganismos hace millones de años y está sostenida actualmente por el conjunto de especies fotosintéticas del planeta.
Quizá venga bien regalarnos en este momento un par de respiraciones y palpar este vínculo que nos sostiene.
En los meses de lluvia, el jardín se pinta de verde. Las semillas, que los mezquites soltaron el año anterior, germinan y atrapan la mirada con su característico color azulado haciéndonos añorar pasar más tiempo al aire libre. Sin embargo, cada salida al jardín en esa temporada nos convierte en presas de decenas de hembras de mosquitos que en cualquier oportunidad se alimentan de nosotros. Estos mosquitos gracias a nuestra sangre ponen huevos y a su vez permiten que los renacuajos tengan larvas que comer. Al vivir en este territorio, me doy cuenta de que los sapos, que musicalizan las noches de aguaceros, tienen o tuvieron en algún momento un poquito de nosotros en sus cuerpos.
La Tierra no puede ser pensada de manera independiente de la vida. Incluso los minerales que la componen no pueden ser explicados sin ella: de no haber emergido la vida, Tierra estaría compuesta únicamente por una docena de minerales (Hazen, 2010). Lo abiótico del planeta es transformado por los procesos vinculados a la vida: la vida trasforma. La vida es verbo. La vida transforma la materia y al hacerlo su expresión se transforma.
Situar el concepto de “mundo” en el planeta Tierra nos permite incorporar a nuestra forma de estar, pensarnos y acompañarnos, una gama de relaciones de mutua transformación que no están limitadas al encuentro entre personas. Y como “las preguntas sirven para caminar” (Subcomandante Insurgente Marcos, 2020) nos invito a preguntarnos:
¿Qué sucede en el mundo que permite nuestra existencia?
¿Acaso podemos notar algunos procesos, actividades o seres que un poco sin darnos cuenta habíamos banalizado? ¿Acaso se hacen más claros unos procesos, actividades o seres que nos provocan dolores difíciles de sostener? ¿Acaso notamos algún cambio en nuestro cuerpo al palpar estas preguntas?
Uno de los principales periódicos de la ciudad donde habito tiene en su portada un asesinómetro diario 2. El año pasado, el promedio de asesinatos diarios en el estado fue de 9.6. Veo los números, así como cuando mis tíos revisaban el pronóstico del tiempo: un poco para saber cómo está el clima afuera. No sé bien qué hacer con esos números, y a la vez, siento que con el sólo hecho de presentarlos se dice mucho. Ese asesinómetro nos indica que las personas que estaban en relación con les asesinades están descubriéndose como “ser-sin-otros”, en duelos forzados y varios de ellos se están preguntando “¿Cómo vivir en la ausencia de quienes amamos?” (Loera Cervantes, 2021).
Cuando la temporada seca llega, el jardín cambia. El paisaje se vuelve de color paja, la humedad relativa llega a ser de 0% y la temperatura ambiental llega sin dificultad a los 35°C. Lo más preciado es la sombra y la más agradable es la de los mezquites que la ofrecen como un abanico elegante. Las zonas del jardín que no reciben tales regalos están expuestas a los rayos del Sol que provocan el aumento de la temperatura del suelo y por consiguiente una serie de reacciones fisicoquímicas que lo hace poco favorable al sostén de la microbiota y de las plántulas que pudieron germinar en la temporada lluviosa.
En este paisaje de duelos forzados, las bolsas de plástico en los terrenos o caminos ya no significan “descuido de personas que paseaban” o “peligro para la vida marina”, ahora significan “¿Habrá restos de alguien ahí?”.
Duele.
Duele en la piel expuesta,
duele en el aire contaminado,
duele en los huesos secos,
duele en la tripa hinchada,
duele en la boca llena de silencio-grito 3.
Este dolor no puede ser reducido a preocupaciones por nuestra propia piel 4, no tiene que ver con un ser individual sino con estar frente a la construcción de un mundo cuya lógica olvida y/o niega el nosotros del que formamos parte, que nos explica y que nos sostiene, una lógica ciega al mundo intrínsecamente vivo.
Duele el nosotros olvidado.
Al conectar con esa experiencia de dolor desdibujamos los límites rígidos del Yo que se nos enseña a creer 5 y a la vez queda evidenciada la lógica-moral-cruel que hemos aprendido a colocar como túnica en el mundo (Mèlich, 2014) y que niega y destruye el nosotros que somos al ser vivientes.
¿Cómo es ser viviente?
Dibujo la pregunta no para definir al ser vivo, tomando una postura desde ninguna parte, lo hago para caminar en un territorio particular, siendo un cuerpo particular 6. La pregunta debería ser más bien ¿cómo es ser viviente para mí? ¿cómo es para ti?
Explorar esta pregunta es posible en tanto que somos materiales, que somos cuerpos, que nos autoproducimos mientras compartimos parte de nuestra composición material – parte de nosotros – para hacerlo (Varela, 1997; Weber, 2013, 2016). El movimiento que hace que seamos este cuerpo que somos es como un baile 7, en el cual hemos heredado gran parte de los gestos y sólo algunos los hemos inventado. Cada gesto inventado nos habla de las formas en las que la vida ocurre ahora, y el conjunto de gestos que hemos heredado nos cuenta del bailar de todos nuestros antepasados. Este baile no es arrojado a una pista de baile 8, este baile es producto de y ocurre en el seno de una danza que existe desde hace al menos 3 mil 770 millones de años en el planeta Tierra y por lo tanto este baile siempre ocurre vinculado con otros bailes, otros seres.
¿Acaso somos capaces de escuchar su ritmo? ¿Acaso somos capaces de sentir su ritmo en nuestro cuerpo?
Prestar atención a nuestra experiencia en tanto que seres vivientes, prestar atención, experienciar el entorno de manera sutil, de modo extracognoscitivo, nos permite acceder al “saber-del-cuerpo” o “saber-de-lo-vivo” del que habla la psicoanalista brasileña Suely Rolnik. Para ella “[e]n esta esfera de la experiencia subjetiva, estamos constituidos por los efectos de las fuerzas y sus relaciones que agitan el flujo vital de un mundo y que atraviesan singularmente todos los cuerpos que lo componen, haciendo de este un solo cuerpo en variación continua, ya sea que se tenga o no conciencia de ello” y como corolario de este planteamiento “el otro vive efectivamente en nuestro cuerpo, por medio de los afectos: efectos de su presencia en nosotros” (Rolnik, 2019).
Al situarnos en el territorio, las reflexiones nos llevan a pensar nuestro mundo aterrizado 9, nuestro cuerpo como organismo, como ser viviente. ¿Y la nada? ¿Qué sucede con la nada al situarnos en el territorio? ¿Podría ser que, al aterrizarnos, al hacer ese gesto, no hay espacio para la nada porque todo está ocupado por el nosotros? ¿Podría ser entonces que la angustia sea la manifestación de nuestro malestar de cara a la opresión en nuestras sociedades coloniales y colonizadas?
El jardín que nos ha hospedado desde la pandemia nos ha brindado bienestar. A lo largo de nuestra estancia en este territorio hemos buscado brindarle también un poco de bienestar al sembrar y cuidar unos cuantos árboles y arbustos que puedan con el tiempo regalar sombra y a la vez un sistema radicular que mantengan la humedad en el suelo y sostengan la vida durante los meses secos.
¿Me pregunto qué sucede en el acompañamiento cuando nos situamos en el territorio, cuando el mundo está aterrizado, cuando cada une de les participantes de la relación se entiende y es pensade como ser viviente? ¿Cómo es acompañar un organismo?
Notas al pie
- Tatiana Sibilia (2022) hace una breve revisión de algunos vínculos entre el ritmo cardiaco y respiratorio con el sistema nervioso con el fin de “aprender a acompañarnos en cada momento, respetando las necesidades fisiológicas”. ↩︎
- La palabra asesinómetro la acuñé yo para describir el apartado del periódico AM que se titula “Muertes por violencia” y hace referencia a los asesinatos cometidos en el estado y por municipio en la jornada. ↩︎
- Pienso aquí en el grito/llanto del damné como llamada de atención a la propia existencia de uno del cual habla Maldonado-Torres (2007), pensándolo como llamada de atención a nuestro existir en colectivo. ↩︎
- Me parece que este dolor es similar al que Macy (2013) menciona que experimentamos frente al daño ambiental y que no puede ser reducido a preocupaciones por nuestra propia piel. ↩︎
- Si bien este movimiento nos lleva a pensarnos seres-en-el-mundo que, como indica Loera (s. f.), da lugar a un Nosotros, lo que estoy planteando en este ensayo es poner el foco en la experiencia de ser vivientes. La experiencia de ser vivientes sostiene un Yo en relación y en transformación. ↩︎
- “La experiencia se abre a lo real como singular” como dice Larrosa (s. f.). ↩︎
- Mèlich (2013) define a la vida como “una especie de tensión entre la situación heredada y nuestro actual modo de administrarla”. Si bien la imagen de tensión muestra una relación de fuerzas, el pensarlas como parte de un modo de administración le quita el aspecto lúdico, rítmico, creador y cambiante que tiene la vida. Por esta razón prefiero apelar a un baile. ↩︎
- Hago referencia aquí a la expresión heideggeriana de “ser arrojados al mundo”. Al pensarnos como seres vivientes de la Tierra, nuestra existencia no es un arrojo, somos parte del proceso de vida que está siendo en el planeta. Al pensarnos como seres vivientes de la Tierra, nuestro proceso de muerte es parte del proceso de vida en el planeta. Al pensarnos como seres vivientes de la Tierra, la preponderancia europea del Yo que coloniza el planeta, se disuelve. ↩︎
- Me refiero al mundo aterrizado en la Tierra que es con la biósfera e incluye por lo tanto las construcciones culturales que la humanidad ha desarrollado. No hay que olvidar que “Las reglas humanas sociales están contenidas en las reglas ecológicas que gobiernan la vida de otros animales” (« The human social rules are contained in the ecological rules that govern the life of the other Animals ») (Weber, 2016) ↩︎
Referencias
Catling, D. C. (2015). Oxygenation of the Earth’s Atmosphere. En M. Gargaud, W. M. Irvine, R. Amils, H. J. (Jim) Cleaves, D. L. Pinti, J. C. Quintanilla, D. Rouan, T. Spohn, S. Tirard, & M. Viso (Eds.), Encyclopedia of Astrobiology (pp. 1816-1826). Springer. https://doi.org/10.1007/978-3-662-44185-5_1141
Dodd, M. S., Papineau, D., Grenne, T., Slack, J. F., Rittner, M., Pirajno, F., O’Neil, J., & Little, C. T. S. (2017). Evidence for early life in Earth’s oldest hydrothermal vent precipitates. Nature, 543(7643), 60-64. https://doi.org/10.1038/nature21377
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Mèlich, J.-C. (2013). Ética de la compasión. Herder Editorial.
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